2/1/09

Rutinas

Un día normal me despierto sobre las 8 am. Me levanto de la cama una hora más tarde. E, incluso así, llego tarde. No tengo perdón. Me salto el desayuno aún a sabiendas de que a las 12 del mediodía me va a entrar ese hambre mortal de recién levantado, y que no voy a tener nada que llevarme a la boca. Pero en fin, así funciona mi forma de ser.

Cuando salgo, suele hacer frío. Da igual que sea verano. A veces, hay gente sentada en los bancos del parque. Me miran. No comprendo por qué me miran. Creo que no soy lo suficientemente guapa para ello y que tampoco soy tal esperpento como para dejar el tema de conversación, observarme cruzar el parque y olvidarse de mí para seguir hablando. Es mi opinión, pero intuyo que acierto al pensar que los individuos humanoides de mi barrio no pertenecen a mi especie.

El camino hacia el metro es tedioso. Normalmente, suelo escuchar el mp3 mientras ando. La gente me mira a los ojos cuando se cruzan conmigo. Yo les miro a los ojos cuando se acercan. No les conozco, ni ellos a mí; pero nos miramos. Es una característica involuntaria del ser humano, pero me incomoda. Si llega alguna canción que me hace sentir mal, la paso. Normalmente me ocurre: la mayoría de mis canciones favoritas rememoran momentos amargos. Intento evadir esa verdad, pero acabo pasando de canción.

Llego tarde, como casi todos los días este año. Adoro a mi profesor de Flash por su infinita paciencia. Creo que asomar mi cara de ángel por la puerta y suplicarle perdón con la mirada ha conseguido ablandarle. El último vagón del metro, en el cual me introduzco cada día, suele venir medio vacío. Es extraño, porque los demás van a reventar, menos ese. Ya no me hace ilusión saber que puede darse La Coincidencia cuando me lleve a mi estación. Subo y me siento. A veces, me adormezco. El resto de los viajes los paso escuchando la música. Intento no pensar en lo que me recuerda, pero, en días como hoy, los recuerdos aparecen solos y siento que la mañana no va a ir bien. Miro por la ventanilla, pero el panorama es el mismo que en mi interior: negro y a toda velocidad.

El trayecto hasta Gran Vía dura media hora, más o menos. El cambio a la línea 1 es corto, pero lo suficientemente largo como para darse cuenta de la prisa de algunos y de la irritante tranquilidad de otros. Alguna vez me han dicho que tengo cara de antipática cuando estoy seria. Puede ser cierto, no puedo verme a mí misma en condiciones normales, así que creo que algunas personas en el metro se habrán acordado de mi madre al querer fundirles con la mirada. Pido perdón, hoy no es mi día, aunque no sirva de excusa.

Bajo las escaleras, ya para acceder al andén de la línea 1. Muy pocas veces me tiemblan las manos. Muy pocas veces me siento nerviosa. Ya hace mucho que no me pasa. Ahora solo quiero mezclarme con gente desconocida y continuar hasta la escuela. Miro hacia el fondo del andén. ¿Qué estoy haciendo? Aún obligándome a mantenerme serena, busco con la mirada. Quiero que aparezca por algún sitio, me vea y se acerque a mí. Por otro lado, quiero que mi deseo se vea truncado. Algo tan simple podría ser fatal para mí. 

Los días que le he visto en el andén, me he asustado. Es la sensación de que se acerca alguien que me lo podría dar todo y que también podría arrebatármelo. Sus palabras me intentan engañar, pero sus ojos no mienten. Yo no puedo mentirme a mí misma. Quiero que venga conmigo las últimas paradas de metro. Quiero que hablemos. Que me diga que todo le va bien, que rompa mis alas de esperanza. Sé que así puedo seguir. 

Pero no está. No ha venido.

Subo al metro con la misma sensación. Si no está aquí, estará ya en clase. Sus ojos no me mirarán y yo no me atreveré a mirarle. Todo seguirá como siempre. Mis compañeros nunca se darán cuenta de lo que pasa y yo quiero que siga siendo así. Pasan las horas e, irremediablemente, me distraigo. Mi compañero de mesa me hace reír mucho. Tras tres años juntos en la escuela, le he cogido mucho cariño y se ha convertido en una persona muy importante para mí. La pausa la solemos pasar juntos. Son diez minutos cortos. Él fuma, yo observo qué harán los demás. Al final, sale. Si pasa por delante de mí, no me mira. 

A las 14:00, salimos para volver a casa. Me empiezo a poner nerviosa. Normalmente, coge carrerilla y se va deprisa. Esta vez, no. Yo deseo que se quede. Intento pensar en una excusa para coincidir en el metro sin que sea demasiado evidente. Esperamos a que los fumadores acaben sus cigarros. Hablan, se entretienen. Él parece que también se divierte. No hablamos entre nosotros. 

Mantengo la compostura durante el viaje. Hablamos tranquilamente los cuatro que cogemos la misma dirección. La conversación es natural, supongo. Las estaciones pasan muy despacio y el vagón se llena cada vez más. Pienso que seguro se bajará en una estación diferente a la mía. Claro que sí. Yo me iré sola, como siempre. Qué tontería que fuera a bajarse conmigo. Podría tener otros planes. 

Me convenzo de ello.

Qué estupidez.

Se baja conmigo, por supuesto. Me mira con ternura cuando nos mezclamos con la gente. Supongo que es normal, teniendo en cuenta mi cara de desorientación. Nos paramos en la intersección que separará nuestros caminos. Al principio, todo va bien. Él está bien y yo me alegro por ello. No sé si despedirme con un abrazo. No sé si es adecuado que le bese en la cara. No sé si irme corriendo. 

Él me abraza y siento que me crecen las alas. No me importa. Quiero decirle que le quiero, pero no lo hago. Nos damos la vuelta para irnos. Ojalá no sólo nos separara esa intersección. Monto en el metro, de vuelta a casa. Sé que el llanto es inminente. Algunas veces sí, pero otras no. Estoy cansada y quizás consiga distraerme durante el viaje de vuelta. Suelo llorar, pensando que ocurrirá cientos de veces más y que nunca podré decirle que le quiero, porque no debe salir de mí. Yo no soy la persona adecuada. Sin embargo, hace mucho que ya no lloro por eso, porque no debe salir de mí. Yo no soy la persona adecuada.

Ojalá mañana fuera diferente. 
Ojalá pudiera volar.

VV

1 comentario:

Snow dijo...

...el amor es muy cruel...